Patada en el estómago

Siempre recordaré Shame como la primera vez que fui a un cine de Nueva York, al día siguiente de aterrizar. Y aunque me encantó, ésta no es una de esas películas que disfrutas extendiéndote, compartiendo, difundiendo la palabra. No es una de esas películas que repites una y otra vez en el cine. Shame es dura, seca, angustiosa. Aún así la recomiendo porque es una enorme película, pero no es fácil ni accesible para todos los públicos. Hay que administrar con cautela. Allá cada uno. (Aquí va el trálier.)

Sé que casi todos los artículos que se han escrito sobre ella –y son muchos- desde su presentación en el pasado Festival de Venecia 2011, se pueden resumir en tres frases: Es la historia de un adicto al sexo, Michael Fassbender es un gran actor y menudo escándalo de pene tiene el muchacho. Yo empiezo señalando la amargura de Shame, porque es eso lo más sobresaliente. Esta segunda película del anteriormente artista visual Steve McQueen sigue adentrándose en caminos intrincados con valentía, sin coartadas y con un poderío visual delicado y contundente a la vez. Si algo les hace atractivos a estos dos compinches británicos no son sus tamaños sino su compromiso con un cine al límite. El amigo Dani del vídeoclub Strómboli me lo decía al hilo de Hunger, primera colaboración McQueen-Fassbender que cuenta la verdadera historia del activista del IRA Bobby Sands, su huelga de hambre y los disturbios en una cárcel irlandesa al inicio de los ochenta: si alguien quiere ver reflejada la dureza carcelaria que vea esta película y no ese cuento que es Celda 211. No ofense.

Entiendo que para resumir y atraer espectadores lo de “historia de un adicto al sexo” puede funcionar, aunque resulta pobre, simple, quedarse con el morbo cuando su autor ha querido penetrar tan profundamente en el alma de un ser humano que sufre. Como dijeron en New York Magazine en Shame consiguen que escenas de cama entre personas muy hermosas resulten insoportables de ver. Y quien vaya al cine buscando un alegre deleite saldrá bien escaldado. Brandon, el protagonista interpretado magistralmente por Michael Fassbender –merecida colección de premios este año- es un ejecutivo publicitario, neoyorquino, solitario, herido, que no es capaz de llegar a ninguna intimidad real con nadie. Se anestesia con la compulsión de turno, en este caso la más impúdica de todas –el sexo- para seguir huyendo, apagando fuegos y alejándose del mundo. En su caótica vida diaria de apariencia ultra pulcra entra como un torbellino Cecilia, su hermana (Carey Mulligan), que lucha contra sus demonios de manera expresiva, pública, escandalosa, abiertamente frágil.

Hay una escena –rodada en plano secuencia- que ejemplifica bien el conflicto del protagonista. Tiene lo que se conoce como una cita normal con una compañera de trabajo. Se percibe la química entre los dos pero Brandon no sabe comportarse, no se siente cómodo en los códigos convencionales del intercambio social, y en la pantalla se puede palpar la tensión. A la salida del restaurante tienen una conversación sobre en qué época de la Historia les gustaría vivir, y ella dice “me gusta vivir aquí y ahora, solo eso”, a lo que él contesta, “¿En serio? Qué aburrido”.

We are not bad people we just come from a bad place”, le dice Ceci a Brandon en un momento clave del film. No sabemos nada de ese pasado, de sus razones, no hay concesiones ni lecciones morales. Él se esconde, huye, traga y traga. Se asfixia. Y tal y como dirige McQueen, con el guión de Abi Morgan, nosotros contenemos la respiración con él, aguantamos la patada en el estómago, lo acompañamos en su deambular por las calles del downtown neoyorquino, lo vemos emocionarse disimuladamente cuando su hermana –cantante al estilo crooner de club- interpreta una particular versión del clásico de Sinatra, y sufrimos cuando se adentra en la oscuridad más alucinada de la gran ciudad, buscando gresca, clamando sufrimiento, aunque sea a través del –supuesto- placer. Y al final no cabe la complacencia, ni las escenas bonitas, y ni siquiera hay lugar para una resolución. Quizá porque en la vida las cosas son mucho más complicadas que los cuentos.

N.B.: Aquí una corta e interesante entrevista a Steve McQueen (¿y por qué razón iba a tener que cambiarse el nombre?) y la afinada crítica de Jordi Costa. La clava. En este paisaje urbano, rico y consumista el cuerpo es una prisión.

 


2 comentarios

  1. La estrenan hoy aquí. No he leído todo tu texto, que me gustar ir sabiendo más bien poco. Quiero verla ya y poder leer tu crítica enterita, que por el principio pinta muy bien.

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