Flechazo en la sala oscura

Hay veces que te enamoras y pasa así, de golpe, no hay técnicas ni ensayos ni expectativas previas, sucede porque sí, primero la chispa y todo lo que viene después, que te enciende y te hace, para empezar, sonreír. En ocasiones eso te puede ocurrir con una película. A mí me ha pasado recientemente con Drive del director danés Nicolas Winding Refn, al que no tenía el gusto de conocer. 

Siempre hay una historia que contar alrededor de un momento revelador, en este caso, que había leído comentarios bastante apasionados cuando se estrenó en Estados Unidos y luego pasó por Sitges, que hablaban de una obra particular, de sus actores, bla bla bla, pero no quise indagar más, prefería reservarla. Aún así, un film noir a priori no es lo que más me atrae del mundo pero nunca se sabe, ahí está la gracia. Me senté en la butaca como cualquier otro día en la vida de alguien que va mucho al cine, que la considera una necesidad básica que cubrir. Y bueno, lo que allí experimenté fue asombroso.

La secuencia que inicia la película es espectacular. Una huida por las calles de Los Ángeles con apenas más sonido que el del ambiente, un personaje silencioso que conduce, planos panorámicos y la música con la que arrancan los títulos de crédito en rabioso y ochentera tipografía y color fucsia. Cada detalle de Drive está pensado y cuidado al milímetro, con una dirección prodigiosa que se llevó el premio en el último Festival de Cannes. Toda esa evidente preparación no distrae ni enfría sino todo lo contrario porque es de esas obras que son un festival de cine en sí mismas, envuelta en muchas capas, para desmontarte y sencillamente atraparte con una historia al límite y a la vez cercana, de romanticismo desaforado, y un vitalismo radical precisamente por la fatalidad que relata.

Aunque la atmósfera de Drive te agarra las tripas desde el primer fotograma hay una secuencia clave en la que para mí se produce el flechazo. El conductor tiene que llevar a su vecina, la chica de la película (Carey Mulligan, otra que se está luciendo mucho últimamente) y a su hijo a casa y en el coche le dice “Do you wanna see something?”, y en ese preciso momento la magia sucede. Las imágenes que siguen, esa luz, esa música, las sonrisas de genuina felicidad de tres personas con una vida incierta y no muy afortunada, son pura magia en una sala oscura. Tras levitar en ese momento, todo lo que sigue, diatribas, enredos mafiosos, violencia extrema, venganza, sangre y desastres encadenados, todo, entra en la lógica del relato, más allá del fetichismo, y no da tregua.

El protagonista, encarnado con arte descomunal por Ryan Gosling, solo habla cuando tiene algo que decir y eso puede parecer una obviedad pero cuando lo vemos frente al marido de Irene (un peligroso Oscar Isaac) que sale de la cárcel para provocar el conflicto de la historia, se percibe el contrapunto, esas dos maneras de ver la vida: la de alguien que vive arraigado en el presente, parco, comprometido a su manera pero sin alharacas, y la de alguien que habla por los codos, pamplinas en su mayoría y que vive de planes, en futuros permanentes. Desconocemos su nombre, se dirigen a él como el chico, el vecino, el conductor. Es un llanero solitario, un John Wayne moderno como dice Paco Gisbert, un samurái al estilo de Forest Whitaker en Ghost Dog de Jim Jarmush. El crítico del New York Times A.O. Scott, tótem donde los haya, casi se reía del personaje en su crítica, de las vocecillas que ponen la pareja protagonista, de la quizá demasiado afectada pose moderna…No estoy de acuerdo. Las miradas entre el conductor e Irene, Benicio, o incluso Shannon (Bryan Cranston de Breaking Bad), son auténticas y frágiles como sus voces, que se quiebran en la emoción y en la hermosura de los pequeños grandes momentos que llenan inesperadamente sus vidas de luz. Frente a ellos, los mafiosos Albert Brooks -hasta ahora únicamente conocido como cómico- y Ron Perlman interpretan a unos malvados perfectamente reconocibles y temibles.

Como siempre cuando alguien se apasiona con algo tiene que aparecer el sector de escépticos que hacen la cosa de menos, a mí me pasa con The artist. Está bien, Drive genera emociones de todo tipo. Estoy con Raúl Cornejo en que es uno de esos clásicos instantáneos que sabemos que van a permanecer e influir. Y como las grandes obras tiene muchas vertientes de enganche en el que la contempla. La historia de amor misma, la música de Cliff Martínez, tan sexy, no solo las tres canciones ubicadas estratégicamente en el metraje; la estética del conductor (esa cazadora de escorpión es todo un hit en eBay ya, del palillo en la boca no hablamos), los interiores en rojos y sombras, la inesperada luminosidad y fotogenia de Lon Ángeles (que nunca ha estado tan bella), la soledad del hombre moderno entre la monstruosidad urbana, el puro placer del acto de conducir como punto de fuga, …

El propio Winding Refn y Ryan Gosling han hablado de su idea básica, que no estaba siquiera en el guión, al iniciar juntos el proyecto: un hombre solitario que conduce de noche por la ciudad escuchando música pop. La relación entre ambos se inició de la manera más peculiar, como se puede leer aquí, y quizá por estas cosas que pasan de sincronicidades y conexiones extrañas es que el director incluye entre sus escasos agradecimientos a, ni más ni menos que, Alejandro Jodorowsky. Believe it or not.

Referencias, a montones, aquí Pablo Muñoz da buen repaso a ellas. Están ahí, de fondo. Un John Hughes con toque demencial, homenaje a John Carpenter, la pintura de Edward Hopper, Michael Mann, el Polanski de Chinatown,…yo también veo a David Lynch. Capas y capas de una cebolla que no amarga sino que sacia. Me gustó una cosa que dijo Nacho Vigalondo sobre ella, que es una película tremendamente femenina, también lo dice su creador. Con todos sus tiros y su violencia, más allá de los tópicos, yo también lo creo. Un mágico arrebato lleno de luz y oscuridad, apasionante, sin medias tintas, que te hace recordar los motivos por las que amas el cine.

 

NOTA: Este texto ha sido escrito con la inestimable compañía de la música de Johnny Jewel en su álbum Symmetry, themes for an imaginary film. Él niega que fuera un proyecto común a la película pero desde luego, le va al pelo.


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