Festival de cine popular de Sitges

Para un cinéfilo acudir a un festival es el placer entre los placeres, para cultivar y repetir. Hace muchos años, en 1998, visité el de San Sebastián, uno de los cuatro grandes (junto a Cannes, Berlín y Venecia), y recuerdo disfrutar como nunca con sesiones de 3 y hasta 4 películas al día en plan enferma, pero enferma feliz. También he conocido otros más pequeños que se celebraban en Valencia, como la Mostra o Cinema Jove. Nada que ver en ritmo, ambiente y calidad de programación. Pero este año he descubierto el Festival de Cine Fantástico de Sitges, y ha sido un feliz descubrimiento.

Tenía intuiciones, todos los que habían ido a Sitges hablaban maravillas y ahora entiendo por qué. Engancha. Durante esos días ves un pueblo volcado con un evento cultural y se respira amor por el cine en cada rincón. El King Kong que es imagen del certamen desde siempre asoma en cada esquina, existe esa familiaridad entrañable entre la fauna festivalera y te cruzas con otros que como tú llevan puesta la sonrisa satisfecha mientras van del Auditori a los cines Prado o Retiro. Es tan bonito ver ese desenfado, esa pasión juvenil y esa espontaneidad. No es por desmerecer, cada uno tiene su ámbito, pero recuerdo que en Donosti el encuentro se vivía con seriedad. Aquí en cambio prima el ambiente festivo, el público (de todo aspecto y edad, algo que me sorprendió) es el protagonista y se disfruta por encima de encorsetamientos o etiquetas. Esta cortinilla antes de cada proyección da una idea de lo que es.

 

Lo cierto es que mi debut en Sitges coincidió con un sábado de programación espectacular. Tuve suerte. Y entre las tres pelis, una detrás de otra, que vi, empezar con una tan insólita y como Attack the block ya es la bomba. Menuda fiesta fue la proyección. De eso que sales de la sala con dolor en las mejillas de tanto reír y sonreír. Y claro, luego, la urna de la votación del público tenía el 5 a rebosar. Después vino Jane Eyre de Cary Fukunaga y de postre, Mientras duermes de Jaume Balagueró. Tres grandes películas, a cada cual más diferente entre sí. Aunque parezca mentira, la última es la que resultó más relajada, tras la intensidad de las anteriores. A menor ritmo continué unos días más, cine en vena y buen rollo por el pueblo. Y una afortunada certeza: Sitges, volveré.



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