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Eléctrico mes de junio

El 16 de junio es una fecha señalada, no sólo por ser el Bloomsday. Y es curioso, me he dado cuenta este año, en torno a ella siempre se dan momentos de sensibilidad extrema, como  esas epifanías que relataba, también, Stephen Dedalus. Ayudan estos días extralargos previos al solsticio de verano, esa luz característica mediterránea, tan brillante y poderosa, este calor impetuoso y las ganas que, se nota, tenemos de salir de nuestras cuevas. Todo esto se va adivinando desde que empieza la primavera pero ahora se vive el estallido final. La vida, ese instante de junio. Siempre junio, tan prometedor.

Vibrante. El viernes fue un día intenso, y lo pasé en La Rambleta escuchando y piponeando todo lo que pasaba en el València Vibrant, del que haré un post específico. Había que estar, y próximamente participar. Tuvo sus momentos cumbre y lo mejor los apuntes que sacamos de lo puesto en común, con la ilusión y también el escepticismo de fondo, porque esta ciudad nos apasiona y nos desespera al mismo tiempo. Primera conclusión: salí con la cabeza embotada pero la inspiración aún me llegó para girar el rumbo en el coche y coger la carretera hacia el Saler. Y lograr respirar hondo ya desde el mismo trayecto, con la Albufera a la derecha, cantando a voz en grito y soltando dudas y nubes conforme me adentraba en el bosque mediterráneo que se reparte entre las rotondas y te hace creer que estás más lejos de la ciudad. Qué maravilla. Sí, todo va a salir bien.

Por la noche, la recuperación definitiva tomó forma en una cena con dos buenas amigas por Ruzafa. Charla, mucha mucha, noche de chicas, lo he dicho ya, comida rica y sencilla en La Conservera y risas. Alivios. Moverse, por el medio que sea, y salir de uno mismo son dos ejercicios infalibles para la salud. Cambiar, a veces, de perspectiva, obligarte casi a quitarte del cajón e improvisar, romper el paso. Y continuar.

paradetulsaCuando estoy sola los sábados repletos son una de mis pasiones. Aprovecho al máximo la incursión en la ciudad, pim pam, pim pam, y mi ímpetu contrasta con la quietud que se respira en casa de mi padre. A veces voy tan acelerada que ni la aprecio, pero estamos en junio, y con mis sentidos hiperdesarrollados, la percibí y la saboreé. Esa galería amplia que da a un gran patio interior, característica del Ensanche, el sonido del reloj de cuco, nuestros pasos atenuados en un pasillo cubierto de alfombras, los arroces por encargo, el silencio y la conversación tranquila. Quién nos ha visto y quién nos ve. Estar en paz, perdonar y amar, cuidar, estar, simplemente estar. Con este paisaje de lo cotidiano, la incursión por Benimaclet con la excusa de ver de cerca a Parade en el Tulsa hizo buena combinación. Carácter, brío y cariño. Estos días eléctricos de junio. Pura vida.

vides

Un celler con mucho fondo

Con una copa de vino tinto todo cambia. Esto me dijo sabiamente una vez mi amiga Mar, en una de esas comidas que se convierten en días que se enredan -aunque la mejor, recuerda, siempre es la primera, o como mucho la segunda. Mi criterio con los vinos se basa en que me sepan bien. Queda claro, por tanto, que no soy una experta, sencillamente pruebo, me dejo recomendar y archivo en mi memoria (o en mi evernote) los vinos que me han seducido. Si en algo soy experta es en vivir bien, en buscar y rastrear donde sea necesario lugares, comidas, bebidas, música, restaurantes…, en no conformarme. Todo lo que tenemos a nuestro alcance es para disfrutar y expandir la mente, el gusto, la perspectiva. Y esta semana he tenido la oportunidad de conocer de primera mano cómo se elaboran algunos de mis vinos valencianos favoritos, los del Celler del Roure en Moixent y ha sido una maravilla.

vallEl camino desde Valencia es de una hora, siempre y cuando no te confundas en el desvío de la autovía de Albacete ni te pierdas metiéndote por pleno centro del pueblo. Pero no pasa nada, me encanta confundirme si luego voy explorando la carretera de les Alcusses, todavía insegura y sin cobertura en el móvil para verificar con Google Maps, y el paisaje sinuoso de calzada estrecha pero en perfecto estado, se va haciendo más y más interesante, cada vez más bello, como un tesoro que se va desvelando. Y así fue. Conforme más bello era el entorno más convencida estaba de que era por fin el camino correcto. Masías a un lado y otro, extensiones de vides y olivos, amapolas, poco coche, sol radiante, olor a tierra, y todos los matices de verde que componen el conjunto de un rico valle a los pies de las Serra Grossa, la vall dels Alforins. La Toscana valenciana, dicen algunos con gracia. Lo cierto es que se trata de un enclave único y sorprendente a muy pocos kilómetros de la ciudad, y tan diferente que resulta embriagador, para perderse, efectivamente, y para repetir.

Los vinos de Moixent y alrededores, anteriormente dedicados a la producción para otras denominaciones de origen y vinos de mesa básicos, han vivido un renacimiento con fuerza y prestigio desde principios de los años 2000 gracias a los esfuerzos de algunos pioneros. Sacar el ingenio, beber de la tradición, tratar con mimo la tierra, perfeccionar los cultivos con las mejores técnicas, rescatar uvas autóctonas como la mandó y recuperar incluso el reposo en tinajas de barro para avivar la DO Valencia y articular una nueva zona vitivinícola. Todo eso han conseguido en pocos años bodegueros de la zona, como Daniel Belda o Pablo Calatayud, responsable del Celler del Roure.

El vino es para paladearlo, y detrás de cada uno hay todo un mundo. No desisto de aprender el vasto arte de la enología, poco a poco, quién sabe. Lo que es una suerte es descubrir cómo funciona una bodega y cómo se diseña, se mima, cada vino. Y de todo eso ahora sé un poco más gracias a las completas explicaciones que me hicieron en nuestro recorrido por el Celler, Javier y Paco, sus dos enólogos, que hablaban con pasión de cada una de sus criaturas, su elaboración, la selección de las uvas, el funcionamiento de la producción, el sentido de cada uno, e incluso me descubrían con ilusión un nuevo vino con etiqueta roja pero aún en capilla, a punto de darse a conocer.

El primer vino que probé de esta bodega, años atrás, fue Les Alcusses, y siempre ha sido un referente para cenas, regalos y amigos. Luego Maduresa, el gran tinto de la casa, y más recientemente Setze Gallets, uno joven muy resultón para las comidas de cada día. Sucede que si te los cuentan los vinos te pueden saber incluso mejor. Durante la visita a la bodega pude probar los otros dos que me faltaban, Cullerot y Parotet, blanco y tinto respectivamente, los primeros criados entera y exclusivamente en tinajas de barro conservadas bajo tierra.

Bodega Fonda de Celler del Roure

Bodega Fonda de Celler del Roure

Después del bello camino en coche y recorrer los distintos espacios de producción, llegar hasta esa bodega fonda, galería subterránea excavada con más de trescientos años de antigüedad, es la última de las sorpresas de un lugar que resulta fascinante. Y lo mejor siempre es quedarse con ganas de más. Para repetir.

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Un martes por Barcelona

Cambiar de ciudad siempre es refrescante, pero si además es entre semana, la sensación de placer fugitivo, robado, es aún más grande. Los sábados y domingos es más evidente el movimiento, la holgazanería, los gestos de bon vivant, y aquí ya sabéis, lo que gusta es no lo-tan-evidente. Por asuntos profesionales tenía que visitar Barcelona, y además en días laborables, haciendo la unión perfecta entre la adrenalina del trabajo, los proyectos y las citas, y la buena vida que es mirar una ciudad como visitante tranquilo, sin estrés turista, como un caminante cualquiera. Y ahí en medio, entre las dos facetas, un hilo conductor, la creatividad, que se activa para sacar el máximo rendimiento a cada hueco.

Mucho tiempo sin ir a Barcelona, la capital más cosmopolita de España -en la que todas las marcas internacionales prefieren abrir su primera tienda- con la que yo tengo sentimientos ambivalentes y a la que desde Valencia nos une esa estupenda combinación de tren en tan sólo 3 horas. Con muchas ganas y el susto de casi perder el primer tren de un lunes, allí me planté y con el aliciente extra de cualquier plan, que es poder compartirlo. No sé a vosotros pero a mí estar en una gran ciudad siempre me da un plus de empuje y de inspiración, me pone bien las pilas. De la última vez que estuve en Londres surgió la decisión de empezar un blog y el nombre de la buscadora. Y seguimos. Aunque suene a tu prima la del pueblo, disponer de una red de metro extensa para llegar a cualquier punto, y con servicio constante a los valencianos, quizá, nos produce una emoción especial por tan desconocida. Quizá sea eso (guiño guiño).

Los días que he pasado en Barcelona, para más inri, coincidían con el Mobile World Congress, la feria más importante a nivel mundial de tecnología móvil, y la ciudad es un eco constante de ello muy curioso de experimentar. Visitar el MWC y contemplar también los alrededores es un espectáculo que tiene algo de fascinante, con su hormigueo constante y su particular fauna de congresistas techies -y no muchas mujeres, con acreditación al cuello como el cascabel del gato aún estando muy lejos del recinto de L’Hospitalet de Llobregat. Nada de lo humano me es ajeno, es una de mis frases referente. Y no hay que dejar de sembrar.

bacoa

Bacoa

Las ondas intensas de una gran ciudad que no es la tuya, la novedad, ese cambio de ritmo en tu rutina, la sensación que solo a veces encuentras completa de inventar tu propia vida y de que solamente tú decides…Todo en estos días ha sido una mezcla de pura energía que me ha llevado sin limitaciones pasillos arriba y abajo de vagón a vagón, calles, avenidas, y citas a un lado y otro de Barcelona. El flaneo, el encuentro, y volver -siempre- al gustazo de lo no evidente. Como no evidente es llegar hasta un recóndito edificio de tipo industrial en el extremo de Poble Nou y tras una puerta sin cartel encontrarte un espacioso, luminoso y estiloso estudio con vistas donde una interesante banda de creativos trama sus historias. Y por el camino, siempre, la suerte de encontrar a gente maja que despierta y conecta. Cecil y Nacho, y Enric, y otros, lo son. Que además uno de ellos tenga una amiga de Pego que se llame como yo, es la guinda para que hacer saltar las carcajadas. Menudos son, los de Pego.

Cuando la espesura diaria te aprieta es un buen ancla volver a momentos así que tú misma recuerdas haber vivido, en los que combina bien el trabajo y el disfrute y todo se mezcla y te pone esa sonrisa fija, esa sonrisa cuya gesto luego te duele en la cara. Porque hay esfuerzo y hay gozo: tomando al final del día un vermut en Ocaña, en una Plaza Real que luce preciosa aún con el jaleo provocado por la tribu del MWC. O reponiendo fuerzas a base de carne roja en el Bacoa de Universitat, una pequeña cadena de hamburgueserías gourmet, que aúna el mágico BBB (bueno bonito barato). Uhmmm…esa burguer manchega, esa salsa casera, ese local colorido, abierto, amplio.

El federal

El federal

La parada de rigor en La Central del Raval, la incursión por Passeig de Gràcia, recorrer la expo de la Virreina que me había recomendado Álex, y el callejeo por otros barrios, Camp de L’Arpa y la Sagrada Familia, poder quedar a almorzar con Provi y la pequeña Vega en el Casa Mariol de Provença, o recorrer el Paralelo y Sant Antoni, con su diversa riqueza. La oda al desayuno la dejaba para el final, que el gran descubrimiento de esta visita ha sido el Federal, un espacio abierto de la mañana a la noche y que sirve unos desayunos espectaculares en un ambiente acogedor y despejado, con un trato relajado y exquisito. Combinaciones perfectas. Como la de esa mañana fresca de febrero, el sol entrando por la ventana sobre nosotros, café, zumo de naranja y unos croissants que no eran de este mundo. Sí, a veces la perfección existe.

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Abrimos la puerta

Una mañana de citas con clientes y recados por la ciudad que terminas aprovechando con tu ordenador, sentada en Dulce de Leche (Pintor Gisbert 2), enganchada a su wifi en una mesa rinconera y frente al cristal (las mejores siempre) y disfrutando de un almuerzo interminable. Si a la vez estás bien acompañada, a la escena ya no le falta nada. Hay locales que agradecemos que existan, hacían falta. Ése es uno de ellos. Tras muchas recomendaciones que llegaban de todos lados he conocido por fin el que es probablemente el mejor restaurante italiano de Valencia. Se llama L’Alquimista, está en el Ensanche (Luis Santángel 1) y apenas tiene cinco mesas, así que siempre hay que reservar. Pequeño, sencillo, una trattoria que no vende nada que no es, sino producto elaborado superlativamente, con cuidado y austeridad, sin alharaca. Para una primera vez es aconsejable dejarse llevar con el -muy asequible- menú degustación y tener los referentes para las siguientes visitas, que apenas empiezas a comer sabes que las habrán, y muchas.

En cambio, después de muchos años oyendo hablar de la Feria del Embutido de Requena te decides por fin a ir, organizas excursión, expectación y, vaya, qué decepción. Tierra de cerdo, de gran materia prima, de buenos vinos… Y lo que te encuentras es un evento masificado y sin encanto, en una nave industrial y con nulo interés en seducir al visitante. Lo que te sirven al peso, sin criterio, sin casi ganas, no puede saberte bueno. Pero claro, hay que ir una vez para saberlo, para desmitificarlo. En ocasiones todo esto puede pasar. Porque nada, nada en esta vida se tiene que forzar, y nada se debe dar tampoco por presupuesto.

El otro lunes quedé con Marta para hacernos una Peseta. Hacía tiempo que no iba, y entre semana como me gusta a mí. De allí es la foto que ilustra esta columna. No me faltan ganas ni ideas para hablar de la buena vida, de contar lo que pasa en Valencia, de rastrear por fuera de mi ciudad también, pero aquí vamos a enriquecernos entre todos. Me apetece escucharos, leeros a vosotros también, ampliar la visión. Siempre me ha gustado mirar, observar, encontrar, por eso elegí La Buscadora como nombre para mi blog. Yo aquí voy a seguir, con una periodicidad libre, con más novedades en la web, pero sobre todo van a empezar a entrar vuestros rincones, descubrimientos y rituales de placer, vuestra vida sencilla bonita. Abrimos más la puerta y a ver todo lo que nos encontramos. Os espero.

mercado ruzafa

El día va creciendo

En el Id al cine malditos del viernes pasado decía la mía sobre A propósito de Llewyn Davis, una película de los hermanos Coen (nunca con h, por favor) que cuenta la historia de un músico folk de los años sesenta que lucha para salir del malditismo y vivir de sus canciones. No es el caso de Juan Perro, alias de Santiago Auserón, que este viernes actúa en La Rambleta y por fin presenta su último espectáculo tras la absurda y extraña cancelación que sufrió la que estaba prevista en la Feria de Julio. Auserón de maldito tiene poco, aunque, quizá, para las clases gobernantes lo sea porque dice lo que piensa, es inteligente, sagaz e inconformista. Pero bravo por él, que lleva décadas establecido como uno de los referentes del rock español, grandes letras, discos perfectos con su grupo Radio Futura, icono de los 80, y pensamiento crítico de altura. Una cita que no quería dejar de comentar.auseron

La semana anterior los meteorólogos anunciaban tormentas de fin de semana y al final lució el sol, y en lugar de finales de enero parece que estemos entrando ya en la primavera. Y estupendo. Estos días de sol invicto, cielo azul despejado y deliciosa luz mediterránea llenan de energía, aunque sé de un par de amigas que abominan de este calor fuera de temporada y sienten inútiles sus bonitos abrigos. Ana, Eva, quizá deberíais pensar en mudaros a otras latitudes. Aunque quizá ni así. Veo con regocijo las imágenes del crudo invierno en Nueva York y recuerdo cuando yo estuve viviendo allí y apenas dos nevadas sin incidentes pude disfrutar. A cambio tenemos atardeceres incendiados que nos inundan Facebook e Instagram.

atardecer incendiadoA mí esta época del año me encanta. Enero, febrero y marzo, se prepara la explosión, la cosecha. Va creciendo el día por la mañana y por la tarde, hay alcachofas, empieza la temporada de fresones, y las flores más bonitas, anémonas y fresias, están en su momento. El otro día incluso llegué a ver en un chino tulipanes; tuve que tocarlos para asegurarme que no eran de plástico. En el mismo flaneo de sábado por la mañana, me paseé con tiempo por el mercado de Ruzafa sin comprar pero observando el jaleo característico y el colorido de los puestos. Es verdad que hay alguna barra -soy especialmente fan de la que Ricard Camarena tiene en el Central-, pero es una lástima que nuestros preciosos mercados no exploten esa salida comercial para otro tipo de locales, cuidados y con sello propio, para el disfrute del entorno no sólo como comprador sino como goloso visitante sin prisa que se arrima a una barra y se emborracha con todos los sentidos. Es cuestión de tiempo, seguro. Mientras, esta columna va a empezar a tener cambios, innovaciones. La buena vida necesita un ejercicio de refresco. Manténgase conectados.

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Nuestros lugares de referencia

Hoy pensaba escribir sobre locales de los que te enamoras nada más entrar. Me ha pasado esta semana. Pero me encuentro con la noticia a través de Facebook de que Mancini, ese bar tan bonito en verde y blanco de la calle Moratín, cerca de Barcelonina, no cierra pero ha sido traspasado a una cadena de cafeterías. Qué pena da cuando llega una noticia así. No hay tantos lugares especiales. Como cantaba Chavela Vargas, uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, y esos sitios pueden ser bares, rincones escondidos de la naturaleza, tu habitación, un lugar al que viajaste enamorada, una sala concreta de cine, una playa,… Si eres un amante de la vida seguramente acumulas unos cuantos de esos lugares especiales, esos recuerdos que nos componen y nos hacen ser quien somos, y aún pasado el tiempo provocan una vibración en tu interior.

Esta semana descubrí una tienda maravillosa muy cerca de la Lonja y de ella quería hablar. Se llama Simple (calle Cajeros, 2), y con un inmenso gusto se propone algo tan sencillo como reunir los productos made in Spain más auténticos y característicos. Algunos de ellos los dábamos ya por desaparecidos (aftershave Floid), otros hacía tiempo que no los veíamos (el botijo, la escoba de la abuela) y también clásicos imperecederos como los lápices Alpino y la soda Barrachina, insustituible para preparar mi coca de llanda. Una idea simple pero tan bien llevada a cabo que sólo cabe el aplauso, la visita periódica y la recomendación. Nunca más llevar a nuestros amigos foráneos a tiendas de souvenirs horrendos, ahora tenemos esta tienda que ennoblece los objetos más básicos y referenciales de nuestra cultura visual. Hay locales en los que entras y sientes un flechazo, y eso me ha pasado a mí -y a tantos-, con Simple, un ejemplo más de la gente inquieta y refinada en Valencia que no se resigna y propone alternativas de negocio desde lo artesanal, lo cuidado y lo auténtico.

Ayer colgaba en mi facebook un artículo de Valencia Plaza sobre estos tenderos audaces, y hoy me encuentro con esa noticia del traspaso de Mancini, un bar al que siempre he vuelto desde que lo abrieron, hace ya doce años (¡¡¡!!!), y resultaba un atractivo oasis de estilo y tranquilidad entre las grasientas y ruidosas cafeterías del centro. En él sobre todo he disfrutado de esos desayunos largos y abundantes con amigos, también de unas cañas frescas y bien tiradas antes de la mascletà o a final de tarde, justo antes de que cerraran. Siempre ha sido un lugar de referencia, donde estar a gusto, charlando o leyendo a solas, con buena música y un servicio relajado y simpático. Las cosas más simples aunque estén ahí para nosotros a veces son las menos obvias, y hay que saber apreciarlas. Cuidarlas, practicarlas, antes de que se vayan, antes de que cierren, antes de que nos las quiten. Está en nuestra mano.

 

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Enero abundante

Este tiempo gris de principios de enero nos está haciendo la puñeta. En Valencia no estamos acostumbrados a tantos días seguidos sin ver el sol, o apenas vislumbrarlo. El domingo nos hizo la gracia, al menos, para poder estirar las piernas con ganas y absorber vitamina D. Pero ya sabéis, en esta columna casi no caben las quejas y menos respecto a la meteorología. En días grises nos apetecen otro tipo de cosas, beber vino tinto (más), preparar coca de llanda y tomarla para desayunar con chocolate, para merendar, para volver a desayunar, hasta no dejar ni miga, hacer maratón de alguna serie pendiente -yo estoy entre Masters of Sex y The good wife-, echar mano de las últimas joyas del vídeoclub de Dani -Strómboli, esa isla-, recibir a los amigos en casa,… Yo antes bailaba, es verdad. Este fin de semana, el viernes concretamente, vienen Two Many Djs a pinchar a La3, y me lo voy a perder, a conciencia. Ya volverán, ¿no? Mi flow ahora es otro, soy más un oso.

Pero nada de hibernar tampoco. La moleskine 2014 está en marcha y echa humo. Por fin pasaron las fiestas navideñas y es inevitable caer al menos un día en la vorágine de las rebajas. Es agotador adentrarse entre las pilas de ropa desordenada y los cazadores de gangas pero excepcionalmente para comprar eso que necesitas y que puede estar realmente económico, hay que lanzarse a la batalla. La satisfacción de encontrar las dos prendas que tienes en la lista y caminar tan contenta repasando los tickets y las bolsas y descansar reponiendo fuerzas en, por ejemplo, La Utielana, templo de la comida casera rica rica no tiene parangón. Sus precios y su sabor a cocina de la abuela son imbatibles. Qué felicidad tan simple y estupenda un potaje de garbanzos, un pollo al ajillo o un cocido completo, con postre casero, copa de vino, y todo a menos de 10 €. Qué maravilla también esos locales con clientela variopinta, ejecutivos de la zona, jóvenes de presupuesto estrecho, turistas curiosos que buscan más allá de la plaza la Reina, señoras mayores. Lo barato no tiene por qué ser pobre; alicientes, riqueza, en La Utielana, sobran.

babelEl secreto es saber buscar y, como siempre, no conformarse con lo primero que nos quieren colar en tiendas, bares, o agendas culturales. Desde este fin de semana la Fundación Chirivella Soriano acoge la exposición itinerante de la World Press Photo 2013, que nos da aire a los amantes de la fotografía. Mañana en La Rambleta ponen ese clásico entre los clásicos del cine español, Amanece que no es poco, y la ponen gratis, señores. Insisto, los planes baratos o gratis no tienen que ser de saldo o para rellenar. Pueden tener fundamento, que es lo que buscamos. En la Filmoteca han estado los últimos fines de semana proyectando las dos primeras partes de El Padrino de Francis Ford Coppola en copias restauradas, VO, y a dos euros (¡¡¡!!!). No se puede pedir más. Ha corrido de muro en muro de Facebook la noticia de que la cadena Yelmo instaura los miércoles de cine a 3,90€, y otros muchos cines, como los Babel, se han sumado ya a la iniciativa para no perder comba, ahora que ya ha quedado bien claro que si se bajan los precios las salas se llenan. ¿Nos olvidamos de la cuesta de enero?