Todas las entradas de Id al cine malditos

Nightcrawler

El gusano de la noche

Hace meses Jake Gyllenhaal parecía uno de los seguros premiables en su papel de Nightcrawler, en la senda de actores que se someten a una gran transformación física para interpretar a ciertos personajes. Robert de Niro, en muchas pero el principio fue Toro Salvaje, Charlize Theron en Monster, o Christian Bale en El maquinista son algunos de los ejemplos recurrentes. Gyllenhaal aparecía en las fotos de rodaje tan trabajado como delgado y se apreciaba sobre todo en su rostro: ojos saltones, cráneo marcado, mirada demente. Sin embargo su gran interpretación ha quedado en segunda fila, como la de Jennifer Anniston en Cake, para las nominaciones de los premios gordos, SAG, Globos de Oro y Oscars. Los premios no son sinónimo de juicio justo y no vamos a entrar en lo evidente.

El film está escrito y dirigido por Dan Gilroy, que debuta en la dirección aunque es un veterano guionista de thrillers más o menos peculiares; en su haber, Freejack o Misión Explosiva (ups), pero también y sobre todo abundantes trabajos televisivos, que sin duda le habrán servido de documentación para Nightcrawler. El significado de la palabra que da título ya dice mucho de su argumento: gusano que sale de noche y que suele usarse como cebo en la pesca, y en sentido figurado, en general la persona que está socialmente activa o trabaja sólo de noche. Y esto es Lou, un arribista interpretado por Gyllenhaal que simboliza a la perfección el tópico del don nadie norteamericano que a base de empeño, frases de autoayuda y pocos escrúpulos consigue ascender lo inimaginable mediante el todo vale.

Cuando empieza la película es un pobre diablo que sobrevive como puede en la ciudad de Los Ángeles a base de trapicheos pero que se mueve con soltura en el crimen. En uno de sus paseos nocturnos en coche presencia un accidente y descubre el negocio de las grabaciones de sucesos para los canales locales de información televisiva y algo en él hace click. A partir de ahí el desarrollo del personaje y de la historia es escalofriante, acerado, con excelente pulso, bien desarrollado, tan cruel como contundente.

Más allá del aspecto físico la composición de Jake Gyllenhaal es apabullante en sus matices y leves gestos corporales, como un gusano que va a la víscera, se mete dentro y te provoca el malestar en el estómago propio de los excesos que no encuentran limitaciones a su paso. Frente a él está la estupenda René Russo también en uno de sus grandes papeles, como la estrella de los informativos venida a menos que hará cualquier cosa para relanzar su carrera. Un retrato oscuro y despiadado del sensacionalismo televisivo en sus más bajas cotas.

whiplash

Arte o paroxismo

Cuando sales del cine de ver Whiplash el pulso acelerado y el delicioso ritmo jazzístico dentro no dejan lugar a dudas. Es una película avasalladora, no permite un respiro, arrasa al modo de un tren a gran velocidad. Su creador es Damien Chazelle, que firma el guión e hizo una versión previa en forma de cortometraje, alguien insultantemente joven y muy parecido al sufrido protagonista. Como Andrew, él también fue estudiante de música -especialidad batería- en una exigente escuela neoyorquina y vivió en sus carnes la dureza de sus profesores, aunque no hasta los límites de locura que se ven en el film. La palabra en inglés whiplash significa literalmente latigazo cervical, todo un símbolo.

En poco más de hora y media asistimos a la intensa pelea por la excelencia entre el joven aspirante y el veterano mentor que no deja hueco al fallo. En la búsqueda por la perfección, esa ambición que va mucho más allá de la mera superación personal, muestra incluso la patología de ambos personajes que se encuentran en el camino y conectan por un motivo que ellos entienden con una mirada. No se conforman con ser buenos, tienen que marcar un hito y no piensan parar hasta conseguirlo, incluso arriesgando la propia vida. Whiplash no emite juicios morales, es un latigazo, una película que en poco más de hora y media te transporta sin descanso por el intenso entrenamiento, los choques profesor-alumno, los concursos y las relaciones del joven con su escaso entorno social, su padre y un intento de novia. A ratos no hay duda, Fletcher es un despiadado perfeccionista que maltrata a sus alumnos, pero luego Chazelle se encarga de retratar con muchos matices -sic- el masoquismo del alumno que nunca tiene suficiente, y entendemos ese punto en el que ambos hacen click.

El planteamiento de hasta dónde es necesario o correcto llegar en el arte para trascender es el quid de la película. La secuencia en la que el profesor le explica que la lacra para cualquier artista es oír la frase “buen trabajo” resulta clavada, aunque abre la puerta a interpretaciones respecto a los límites que uno mismo se impone y dónde empiezan la enfermedad. Sobre músicos rozando la demencia hay muchos ejemplos, y a mí Whiplash me ha recordado, por suerte, más a aquella Sinfonía en Soledad en torno al genial pianista Glenn Gould y su desesperada búsqueda de la perfección, que al descafeinado loco de Shine.

Un tour de force semejante, en un intenso a ver quién puede más, con la cámara vibrando y pegada a los protagonistas, no podría conseguir su propósito si no fuera por los grandes intérpretes que los encarnan, el joven Miles Teller y J.K Simmons en el papel de su vida. Actor curtido en la televisión, rostro familiar para todos gracias a infinidad de series de televisión, como secundario de los hermanos Coen, por sus papeles en la saga de Spiderman y como el adorable padre en Juno, por citar sólo algunas partes de su extensa filmografía, con Whiplash se está llevando todos los premios con toda lógica. Una película apasionante y apasionada que te deja ko.

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El vuelo alto de Michael Keaton

Con Birdman, el mejicano Alejandro González Iñárritu ha dado un giro a su filmografía que había llegado quizá a un punto de no retorno en cuanto a seriedad y morbo en Biutiful. Personalmente aún reconociendo su gran valor como narrador de historias en forma de puzzle (21 gramos), rodando acción humana (Amores perros) y como director de actores en dramas siempre trascendentales (Babel), nunca me ha conmovido al punto que debería por los temas tratados. Es más bien de esos cineastas que respetas, reconoces pero que no forman parte de tus favoritos. Aquí el planteamiento como comedia satírica sobre el cine dentro del cine de entrada ya es más curioso, y sí, Iñárritu se divierte y se aligera, aunque sea un poco.

En Birdman contemplamos los entresijos del montaje de una obra en Broadway a cargo de una antigua estrella de Hollywood, anclada en un papel de superhéroe que le dio la fama -el hombre pájaro del título- y cuya carrera desea relanzar con credibilidad y seriedad, lejos de quién fue. En su camerino y entre bambalinas vemos la pelea constante consigo mismo, con su hija, y el elenco de la producción para sacar adelante el estreno, con toda la presión y los miedos a flor de piel. La industria norteamericana es especialista en retratar sus demonios y miserias mejor que nadie, ejemplos fáciles de esos monstruos de ego frágil que podemos ser cualquiera, y para la creación del papel de Riggan hay innumerables precedentes tan prodigiosos como All that jazz, de Bob Fosse o Noche de Estreno de Cassavetes.

birdman_nortonAquí todos los actores lucen excepcionales, en pequeños y grandes papeles: Naomi Watts, la esforzada compañera debutante sobre las tablas, Zach Galifianakis, el productor y amigo, Edward Norton, como el actor de método y soberbia descomunal que llega para ensombrecer a todos, o Emma Stone estupenda en el papel de la hija en rehabilitación. Pero el protagonista sobresale entre todos ellos, porque en Birdman asistimos a la gloriosa -e insospechada- reinvención de Michael Keaton en actor con mayúsculas, y resulta emocionante verle dando vida de manera tan completa a un trasunto de sí mismo, elaborado con cariño y profundidad por los autores del guión. Keaton era ese actor siempre condenado a films convencionales, a veces muy resultones pero que no iban mucho más allá de aquel primer Batman de Tim Burton -a reivindicar- y thrillers de sobremesa como De repente, un extraño. Aquí da gusto verle dando alas al atormentado Riggan.

El subtítulo de Birdman, …o la inesperada virtud de la ignorancia dice mucho de la reflexión que aporta el film, porque aunque tenga tono de comedia, y momentos de vodevil, de ligero al final tiene poco. Iñárritu usa la metáfora del teatro que es la vida, antigua como la cultura occidental, tan bien reflejada en La vida es sueño de Calderón de la Barca, para contar la permanente búsqueda del ser humano, la lucha con el ego y el reflejo en el espejo, los personajes que somos dentro y fuera del supuesto escenario. Y no lo hace mal, con momentos hasta brillantes y un fondo muy rico. Sin embargo, para mí, tratando asuntos tan humanos como los que trata se queda un tanto en la periferia intelectual, demasiado cerebral, que sólo logra superarse con la cálida actuación de Keaton, con su entrega totalmente orgánica al personaje. En una continua vibración jazzística y un permanente -aunque trucado- plano secuencia seguimos sus pasos hasta que alza el vuelo, y él es el que hace grande la película.

theory of everything

La voluntad sin límites

Los Oscars como cada año, y ya desde el anuncio de las películas seleccionadas en las nominaciones, representan un cúmulo de decepciones. No me voy a extender en ellas ahora, sólo remarcar lo curioso de que dos películas muy british como The imitation game y The theory of everything, sobre científicos alucinantes y visionarios realizadas de manera convencional y hasta un pelín descafeinada copen demasiadas candidaturas. Es la victoria del cine más académico, correcto, y a la vez insulso, por encima de la audacia.

Con esta introducción parecería que La teoría del todo me parece una mala película, y no es así en absoluto. Pero cuando se trata de la biografía de un gran científico todavía vivo como Stephen Hawking, autor del maravilloso libro Breve Historia del Tiempo, una espera algo grande, algo más grande aún que la interpretación portentosa que hace de él Eddie Redmayne, algo tan contundente como su contribución a la Ciencia y al siglo XX. Pero la sensación que queda es de ‘podría haber sido mucho más’. Una lástima. Dejamos pendiente, entonces, esa gran película que relate de verdad y a fondo los misterios del universo, de la investigación y la creatividad en física, con esa destreza de los sabios que conocen cómo hacer llegar la ciencia incluso a los más profanos, al estilo de Bill Bryson y de la que hace gala también Hawking en sus obras de divulgación.

En La teoría del todo descubrimos en especial al joven Hawking, sus andanzas en Cambridge, su pasión por las matemáticas, la música y las estrellas, sus buenos amigos, su enamoramiento de Jane, joven estudiante de lenguas latinas, los primeros titubeos de origen desconocido y el duro trago de aceptar una enfermedad por la que le daban un máximo de dos años de vida. Que el poder de la voluntad no tiene límites lo sabemos todos, aunque a veces historias reales tan gloriosas como ésta vienen bien para recordárnoslo y quitarnos tonterías, o sea limitaciones, de encima. No es necesario tener siquiera una inteligencia superdotada como la suya, el arma realmente poderosa es la pasión por la vida, por el conocimiento, por estar aquí y hacerlo con sentido.

Basada en el libro escrito por esa Jane que fue su primera mujer y el motor que le empujó con fuerza adelante, la película se centra sobre todo en la microhistoria del genio, los pequeños pasos, los esfuerzos sobrehumanos de Jane, los cambios en la familia, el agotamiento, los amigos que ayudan alrededor, el éxito académico y mediático, hasta la separación amistosa de la pareja en 1990. Y en ese propósito de melodrama biográfico el balance es positivo gracias a una ambientación muy acertada y a los dos soberbios protagonistas, el citado Redmayne, que se transforma sin énfasis, con soltura y maestría en el complicado personaje real con todas sus complicaciones fisicas, y la deliciosa Felicity Jones, que ya destacó en The invisible woman, aquí otra vez toda sutileza y detalle. La teoría del todo es el relato de esa pareja, de sus grandezas y miserias, nada más y nada menos.

The imitation game

Por debajo del personaje

Que la vida no es necesariamente justa es algo evidente con sólo echar un vistazo alrededor y a lo largo de la Historia. Ésa es la sensación principal con la que nos quedamos una vez vista The imitation game, -Descifrando Enigma según la distribuidora en España, y conociendo mejor a Alan Turing, un genio precursor de la informática, matemático, filósofo, y personaje perseguido por homosexual en la Gran Bretaña posterior a esa guerra que él ayudó tanto a terminar. Solamente en 2013 la actual reina Isabel II reconoció en un edicto público la injusticia cometida y se le retiraron todos los cargos (sic). Hollywood es muy fan de rescatar historias reales y convertirlas en lustrosos biopics listos para la temporada de premios. The Imitation Game nace respaldado por el sello Weinstein así que no dudamos de su paso firme para los próximos meses.

Pero es una lástima que semejante personaje, lleno al parecer de recovecos y facetas interesantes sea objeto de una buena, meramente correcta película para complacer al gusto más académico, sin astucia ni riesgo por ningún lado. La historia ya me resultaba familiar; en 2001 Michael Apted dirigió Enigma, protagonizada por Dougray Scott y la estupenda Kate Winslet, aunque el guión de Tom Stoppard era una adaptación de la novela de Robert Harris, el enfoque era más hacia la intriga y no se metía en ninguna ambigüedad. Aquí Graham Moore traslada un libro de no ficción escrito por Andrew Hodges, lo que le a priori debería implicar un marchamo de fidelidad a la realidad sin embargo ya se han detallado las numerosas inexactitudes de la película.

The imitation game es uno de esos films que a modo de batidora une las ingredientes adecuados para conseguir el efecto deseado, o sea, uno de los éxitos de la temporada: ambientación extra cuidada, gran elenco de actores, momentos de tensión dramática para lucimiento del protagonista, música rimbombante y remate final con moraleja. Y se ve con interés, el personaje lo tiene, las buenas interpretaciones de los secundarios, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance y del ubicuo Benedict Cumberbatch lo merecen, y el relato, con los saltos en el tiempo entre la infancia de Turing, la guerra y el fin de sus días perseguido, mantiene el ritmo. Pero una vez vista sabes que es fácilmente olvidable.

gonegirl

Thriller con mensaje

Es complicado escribir sobre una película como Perdida -otra vez el título original, Gone Girl, es más justo y afinado-, sin destriparla para los que no la han visto aún. Haremos un esfuerzo. No vamos a descubrir aquí quién es David Fincher, uno de los maestros del cine norteamericano actual, apuesta segura, responsable de grandes films por los que no pasan el tiempo, como Seven, El club de la lucha, Los hombres que no amaban a las mujeres o La red social. Fincher es de esos cineastas que no pretenden trascender como autor sino ser un gran profesional, contar historias endiabladamente bien y entretener al espectador, sin más, o eso es lo que parece. Lo que ocurre es que, de paso, lo deja fascinado en la butaca.

La comparación con el genio Alfred Hitchcock aún es desmesurada pero va en esa línea; sin pose pero con destreza e inteligencia suficientes para transformar incluso historias inspiradas en la realidad, o historias cotidianas, en tremendos thrillers que muestran lo inquietante que hay en la vida corriente. Un ejemplo perfecto de ello es Perdida, que se inicia como una película del montón sobre una desaparición y que evoluciona de forma muy bizarra en una trama a dos voces sobre, digamos, dónde están los límites. La historia es una adaptación a cargo de la propia autora, Gillian Flynn, de una novela de éxito. Dicen que el material previo ya era así de bueno y su traslación a la pantalla, fiel a más no poder.

Fincher no se complica queriendo aportar su sello en los guiones, lo que hace es elegir con gusto exquisito los proyectos, y cuando llega el momento de filmar y montar exhibe su poderío. El lenguaje fílmico no tiene secretos para él, consigue que una película de casi dos horas y media se haga corta, pura vibración en la butaca con una puesta en escena y un montaje trepidantes incluso con las subidas y bajadas que tiene el relato que empieza siendo una historia policíaca sobre una desaparición para virar en un retrato despiadado del matrimonio como concepto y de las falsedades del hombre moderno.

Ben Affleck y Rosamund Pike son las dos caras de ese matrimonio precozmente amargado. Ambos están brillantes en las recreaciones de unos personajes que no son nada fáciles, como también los secundarios, Carrie Coon, en el papel de la confusa hermana del protagonista, Neil Patrick Harris, como el obsesivo amigo de Amy, o la detective Kim Dickens. Mención especial por debilidad personal, a la banda sonora compuesta una vez más por el tándem Trent Reznor y Atticus Finch que tan buenos trabajos están haciendo con Fincher.

En una interesante polémica a raíz del estreno de Gone girl ha surgido el debate de si se trata de una película misógina o feminista. Aquí un enlace a un completo artículo de la revista Time al respecto. Me parece simplista reducirlo así y no puedo ahondar en el asunto sin revelar la esencia de ella pero diré que en un punto medio se encuentra tanto el guión como la película en cuanto a producto final. Fincher, con la excusa del thriller, hace un retrato que va más allá, lleno de matices, una gran sátira de parte del mundo actual, la necesidad de ser lo más (por ejemplo, la cool girl que tan bien construye Gillian Flynn) arengada por el bombardeo de imputs, todo estímulos que alimentan la insatisfacción del -inmaduro- hombre moderno, del consumismo en un sentido filosófico. Ansiar ser lo más (¿respecto a qué o quién, al fin y al cabo?) en lugar de invertir energía en ser nada más que uno mismo con todas las consecuencias, más allá de apariencias, convenciones y caprichos vacuos.

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El aliento de un niño

A veces ocurren los milagros. Y Boyhood es uno de los pocos verdaderos que yo he experimentado en una sala de cine. El cine puede ser un delicioso juguete de puro entretenimiento pero también puede alcanzar cotas trascendentales cuando se propone ahondar en la esencia del ser humano, explicarlo, reflejarlo, con la veracidad y el ingenio de las grandes obras de arte. Y éste es el caso. Boyhood que hace un relato nada enfático sino sutil y como -la-vida-misma de los doces años, desde los 6 a los 17, en la vida un niño cualquiera de una ciudad gris y suburbial de Estados Unidos. Mención especial para su banda sonora, reflejo de los distintos tiempos del recorrido.

Ese Mason, interpretado tan bien por Ellar Coltrane, que vemos crecer ante nuestros ojos, podría ser cualquier pequeño del mundo occidental, con pequeñas variaciones culturales autóctonas. Y atención, que hablo de milagros y trascendencia por su calado, pero se trata de una película nada efectista ni rimbombante, sin énfasis en las transiciones que remarquen el paso de los años ni explicaciones innecesarias. Eso le da tanta frescura que pese a lo largo de su metraje -dos horas y media- una no desea más que seguir sabiendo de la vida de Mason, y todos los personajes que le rodean en ese momento tan decisivo que es el salir de casa e iniciar camino por su cuenta.

En Boyhood Richard Linklater demuestra que cine y vida pueden ser lo mismo, algo con lo que ya había experimentado en la trilogía de Jesse y Céline (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer). Como en aquellas, también tenemos a Ethan Hawke, en el papel de padre inmaduro que va creciendo en la pantalla, como la madre interpretada por una maravillosa y rescatada en toda regla Patricia Arquette. Ambos encarnan a seres erráticos pero con voluntad, que tratan de salir adelante cometiendo errores, solventándolos y haciendo básicamente lo que pueden. Con ellos todas las pequeñas historias tan humanas que componen Boyhood, con sus imperfecciones y miserias, el desgaste en la edad adulta, el alumbramiento de los primeros pasos.

La esencia de la película es captar precisamente esa cotidianidad de la existencia, que en realidad se engrandece con la perspectiva del paso del tiempo. Ahí está la poesía, como en esta cita de Lou Andreas-Salomé: “La vida humana -qué digo, la vida en general- es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos, día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa. Lejos, muy lejos de la vieja frase “hacer de la vida una obra de arte”; no somos nuestra obra de arte.” Justo eso.