Un lugar donde crecer en paz

De repente un día ocurre que la arquitectura cobra todo el interés para ti, aunque seas completamente pez. Un artículo, una fotografía que encuentras al azar y te resulta evocadora, o un rincón de la ciudad por la que estás caminando y que resulta revelador por su encanto.

Eso precisamente me ocurrió cuando leí y releí la deliciosa entrevista a Kazuyo Sejima en EPS (“Camino hacia la extrema sencillez”) o este artículo en EP hace unos meses (ambos de la estupenda Anatxu Zabalbeascoa). Era una noticia sobre la inauguración de la Universidad Infantil de Gandía, obra de los arquitectos Ángela García de Paredes e Ignacio García Pedrosa, que han creado un espacio cuidado y armónico, abierto al aprendizaje de disciplinas artísticas. Sencillamente, fue contemplar esta fotografía, y…transportarme. Ese patio rodeado de hermosas moreras es un lugar de lo más pacífico y evocador, ¿no es cierto?

Cuando digo que hay momentos en que el encanto de un lugar te despierta no hablo de un encanto tipo monumental-pintoresco al estilo de la Plaza de España de Sevilla. Cada persona tendrá su gusto personal que hace saltar el click ante la cornisa de una finca de la calle de La Paz en Valencia, el centro Niemeyer de Avilés o un jardín-cementerio de cualquier ciudad de las islas británicas. Quién sabe. Yo cuando vi esta imagen pensé que hubiera sido un lugar protector en el que dar mis primeros pasos, o que si tuviera hijos me encantaría que se divirtieran ahí. Trasmite ese gustoso equilibrio entre funcionalidad e integración de la naturaleza en los espacios habitados por el hombre. Y eso es algo poco habitual. La antítesis por ejemplo de un tipo de construcciones operísticas muy de moda en mi ciudad natal (véase el complejo Calatrava de la Ciudad de las Artes y las Ciencias) que resultan ciertamente frías e irracionales en el peor sentido de la palabra. Prefiero retirarme a mis aposentos.


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