Hopper fue el primero en llegar

No sabría decir en qué preciso momento entró el pintor Edward Hopper en mi vida, a los 13 o 14 años quizá. Seguramente sería por una foto o artículo en algún periódico o suplemento cultural de los que entraban en casa -que por aquel momento eran ABC o Las Provincias-. Lo que tengo claro es que fue ver uno de sus cuadros y captarme para siempre.

Fui a Crisol, una librería cercana a casa y encontré un socorrido libro de Taschen, arte en ediciones baratas para todos los públicos. Era barato, de tapa blanda (con Summer evening, en la cubierta) y muy básico pero aún esta ahí en mi estantería, todo manoseado y lleno de recortes relacionados. Mi madre y yo compartimos ese descubrimiento y juntas lo hojeábamos hablando de nuestros favoritos e imaginando en voz alta la historia detrás de cada cuadro, el porqué de nuestra fascinación. A las siguientes navidades empleé el dinero de las estrenas (7000 pesetas) en conseguir una lámina enmarcada que elegí acompañada de mi amiga Elena. Desde entonces Cape Cod morning ha venido conmigo a todas las casas en las que he vivido… y ya está muy descolorida-.

Hopper fue el primero en llegar, de hecho creo que ya estaba ahí incluso antes de conocerlo porque al ver las reproducciones tuve esa sensación tan particular de tropezar con algo que te pertenece de tal forma, que te expresa tan claramente que es como si ya lo conocieras por intuición y de repente un día cobra forma. Todo tenía tanto sentido al contemplar esos personajes solitarios, tan ensimismados, inquietos, poblando lugares deshabitados, urbanos o costeros, rincones de habitaciones apenas vislumbradas… Hopper hablaba de algo que tenía que ver conmigo y marcó de manera definitiva mi manera de mirar. Me doy cuenta si repaso las fotografías que yo misma tomo que tengo querencia por los rincones, los rayos de sol que entran por la ventana, o algo tan específico como los encuadres de cielo y un trozo de edificio/árbol/ventana.

El pasado fin de semana visité la exposición antológica que se le dedica en el Museo Thyssen de Madrid. Es la segunda retrospectiva que disfruto, además de que es un artista popular que ves reproducido hasta la saciedad y cuyos cuadros pueden encontrarse repartidos por pinacotecas de Europa y Estados Unidos. La primera vez que contemplé los lienzos de Edward Hopper a lo grande fue en la Tate Modern de Londres, en el verano de 2004. Aquello fue memorable. Para la ocasión se habían reunido 70 obras, y en ellas se contaban todas las legendarias, no solo Nighthawks, también un buen número de mujeres solas en cafés, o las habitaciones bañadas de luz, como Room by the sea (tomada para la cabecera de este blog). Es habitual que cada vez que se inaugura una exposición o se presenta una novedad, los medios de comunicación tengan la tentación de calificarlo como “la más importante hasta la fecha” o variantes. Esta vez también ha ocurrido; en la web de RTVE (que no en el vídeo) o el suplemento El Cultural de El Mundo se ha dicho que era la mayor antológica hecha en Europa. Sean la cantidad que sean los cuadros reunidos ya tiene valor de por sí y no es necesario exagerar para cuadrar titulares. Esa tendencia del periodismo a la grandilocuencia.

La visita

Digamos que la experiencia en el Thyssen fue intensa. Pero qué esperar si vas un sábado a mediodía. El recogimiento de sus lienzos no merecen tal alboroto. Hordas de lo que me parecen bárbaros se amontonan delante de cada pieza, vociferan y me impiden focalizar. En momentos así, lo reconozco, me convierto en una snob a conciencia y siempre pienso que uno de los mayores privilegios sería poder recorrer ciertas exposiciones en privado, como Carlos Boyero contaba en su crónica. En esos momentos me duele Hopper y el hecho de que se convierta en una batalla personal, más allá de la queja y la incomodidad inicial, se convierte finalmente en una suerte y hasta casi lo agradezco. El recorrido causa en mí sensaciones muy físicas, me convulsiona y se convierte en un ‘tour de force’ entre el espacio y yo. Y así surge la magia. Solo recuerdo una reacción corporal mayor visitando la retrospectiva de Louise Bourgeois en la Tate (2008). Bienvenidos sean los ejercicios de catarsis provocados por el arte.

En el toma y daca con el entorno la pelea fue evolucionando para convertirse en disfrute. Contemplar la serie de grabados, contundentes, reunidos según dicen por primera vez, los carboncillos y la sala de acuarelas, especialmente Azoteas (1926) resulta emocionante por su delicadeza y luminosidad. Si hay algo que resulta característico de Edward Hopper es el dominio de la luz, un dominio particular, propio, único pese a estar influido por Rembrandt o Vermeer. Ves sus cuadros y te atrapan en su atmósfera, ya sea brillante y soleada, u oscura e inquietante. Sus azules del cielo y del mar, sus mujeres a veces solas pero nunca pasivas o víctimas sino en actitud de acción, sus vivaces estampas norteamericanas.

Morning sun es para llorar, de tanta humanidad que hay contenida en la sencilla escena de una mujer expectante al amanecer. El vibrante colorido de Carretera de cuatro raíles , o Mañana en Carolina del Sur, un cuadro aún más especial para mí. Era el favorito de mi madre, el que ella siempre elegía de aquel libro; le encantaba ese aire sensual de la protagonista, relajada, indolente, poderosa, vital, en medio de la inmensidad de uno de los clásicos no lugares de Hopper, a la vez tan propios de Estados Unidos. Me abrazo a mí misma ante él, trato de observarlo con los ojos de ella. Siempre es una gozada disfrutar teniendo esos lienzos en vivo aunque estemos cansados de verlos repetidos en carteles y revistas, y aunque falten tantos emblemáticos. Se puede apreciar la evolución de su estilo, cada vez más depurado, más austero, crepuscular, desolador, directo. Un estoicismo llevado al máximo en Dos comediantes (1965) su último lienzo (con él y su mujer como modelos), del todo conmovedor en el desencaje de esos teatreros, en su parquedad.

Sus personajes han cobrado vida en las películas de Wim Wenders (pienso sobre todo en París, Texas), Alfred Hitchcock, Aki Kaurismäki, Terence Malick, Todd Haynes y David Lynch o en los libros de Raymond Carver y Patricia Highsmith. Y se ve su fulgor en la obra de fotógrafos como William Eggleston y Stephen Shore. Las referencias entrecruzadas serían inacabables. Hopper es un gran referente por diversos motivos: su perspectiva, su atemporalidad, su manera de mirar, y lo que elige mirar. Hay un librito -Hopper, que escribió el poeta Mark Strand- que me gusta especialmente y que es directamente una colección de digresiones, análisis, recreación a partir de sus obras, . En uno de los comentarios dice: “(…) No hay nadie con quien compartir lo que vemos, nadie ha llegado antes que nosotros. Nuestra experiencia será enteramente nuestra. La soledad del viaje, junto con nuestro sentimiento de pérdida y de pasajera ausencia, se harán inevitablemente presentes”. Y en otro: “En este caso, como en otros cuadros de Hopper, la ciudad es idealizada. La gente aún duerme. No hay tráfico. Una maravillosa suma de quietud y silencio hace que parezca que un momento mágico está teniendo lugar, y que somos sus privilegiados testigos”. Strand capta muy bien su esencia. La obra de Hopper es icono de la pertinaz incomodidad y búsqueda contemporánea y pese a ser ese icono -ya- muy manido sigue teniendo todo el cuerpo y toda el alma. Y no te lo acabas nunca.

***MUY INTERESANTE el Ciclo de Cine paralelo a la exposición que organiza el Museo Thyssen en colaboración con la revista Caimán (que ha sacado un suplemento especial para la ocasión) desde finales de junio hasta septiembre.


4 comentarios

  1. Josea.

    Totalmente de acuerdo a mi me enamoro cuando vi en un periodico tambien alla por el 93,Oficina en una pequeña ciudad,no se qeu tiene ese cuadro del tipo mirando por la ventana qeu me fascina.

    • Me ha dado muchísima pereza ser consciente de la avalancha de gente con la que hay que lidiar para ver al señor Hopper. :(

      Que bonito lo íntimo y cercano que has descrito a Hopper en tu vida, creo que de las cosas más bellas de este autor es precisamente su capacidad de colarse en nuestras vidas, y aun ser un maestro en la utilización de la luz a la altura de Caravaggio.

      Me has dado muchas ganas de acabar con las obligaciones e ir a ver la exposición.

      Por cierto, ¡Cuanto bien a hecho Taschen a la difusión del arte! El libro de Hopper de Taschen fue de los primeros que me compré de la editorial. :)

  2. Vicente

    No conocía a Hopper; y me lo has “acercado” gracias a tu magnífico -tal vital y personal- artículo sobre este pintor norteamericano. Muchas gracias.

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